[Damián González Bertolino]
Punta del Este / Maldonado, Uruguay.

 

16-5-12

Hoy soñé que Juan Alberto Schiaffino era mi padre. Estábamos con él, mi novia (no recuerdo quién era exactamente mi novia en el sueño y eso agregaba a la situación algo de perplejidad) y yo en la cocina estrecha de una casa montevideana. Él no era un hombre tan viejo, apenas pasaba de los sesenta. Cocinaba un plato en base a papas. De pronto, en medio de las tareas, caigo en la cuenta de que él había sido uno de los héroes de Maracaná.
-Él estuvo en Maracaná -le digo entonces a mi novia.
Ella parece ignorar no sólo el alcance de lo que digo, sino el significado preciso de la expresión “Maracaná”.
Entonces agrego:
-Pensar que quedan vivos los dos que hicieron los goles. Vos y Ghiggia.
Mi padre hace un gesto con la mano, como si se espantara una mosca.
-Sí -dice.
Y se vuelve a concentrar en lo que está preparando.
Una revelación se abre en el ambiente: Schiaffino está muerto.
-Él está muerto -le digo a mi novia.
¿Entonces?

El Especial de la Noche (de vuelta)

Como varios ya saben, durante la segunda mitad de 2011 llevé adelante una suerte de mini espectáculo que denominé “El Especial de la Noche”, y que era un símil de programa de radio: mezcla entre lecturas de cosas mías y ajenas, irradiación de viejas canciones de jazz, mensajes apócrifos de oyentes estrafalarios y hasta sorteos de premios de dudoso uso. Lo realizaba cada un par de semanas, los viernes, en un pequeño y acogedor café (Jazz Café) cerca del centro de la ciudad de Maldonado. Fue una experiencia entre divertida y conmovedora, porque me permitía compartir con gente a la que conocía mucho o poco, o que directamente no conocía, una serie de canciones y de textos que eran de mi agrado. Esa experiencia finalizó sobre el mes de enero. Pero a fines de marzo el programa de radio se hizo real. El interés de una radio FM comunitaria de Maldonado (Magoya FM 90.5) hizo posible que El Especial de la Noche fuera “real” en el sentido de que encontraba en el éter el sitio donde acomodar sus formas. Sale todos los martes, de 20:00 a 22:00 horas y puede oírse además en la página web de la emisora: www.magoyafm.com

Sin embargo, para quienes se pierden los programas (ya van cuatro) por compromisos de índole diversa, dejo a disposición los programas ya emitidos en el link resaltado al inicio de este post.

Muchas gracias a quienes lleguen a estar interesados. ¡Saludos!

17-4-12

Un par de apuntes sobre dos partidos observados por la televisión y que podrían perderse, como tantos otros datos, de manera justificada entre el maremoto de resúmenes de jugadas en los canales deportivos.
Sucedió un sábado, hace un par de semanas. Primero entre Nacional y Danubio en el Parque Central y más tarde entre Boca Jrs. y Lanús en la Bombonera.
Primera situación: Nacional da vuelta un resultado adverso y pasa a ganarle a Danubio. Como suele ocurrir, cuando un equipo va ganando y en cuestión de minutos no sólo pasa a perder, sino que zozobra, algunos jugadores incurren en conductas que no les favorecen. En el caso del lateral izquierdo de Danubio, Washington Tais, fue así. Harto de los insultos y las burlas de los hinchas de Nacional que se encontraban en la platea de su sector, el jugador de Danubio se limitó a colocar su mano izquierda abierta sobre el costado del muslo, separando ostensiblemente los cinco dedos entre sí. Todos saben que la mano tiene cinco dedos. Cinco es un número complicado para Nacional, parecía recordar Tais. Él fue uno de los artífices (aunque en segunda línea) del último Quinquenio de Oro de Peñarol (1993-1997). El juez de línea que se hallaba sobre su sector percibió el gesto de Tais y lo denunció ante el árbitro. Resultado: tarjeta amarilla. Que yo sepa, no se escribió nada sobre ese mínimo acto en la prensa. O al menos con la extensión que requería el detalle. Esto fue una delicadeza. Desde 1997, a decir verdad, Nacional ha ganado muchos más campeonatos uruguayos que esos cinco consecutivos obtenidos por Peñarol, pero la aparición fantasmal de esa mano en un partido aislado aún no tiene nada de arbitraria. Tais y los plateístas de Nacional lo sabían; pero lo interesante es que la denuncia del línea tanto benefició a Nacional con una amarilla para los rivales como lo perjudicó en una porción de su legítimo orgullo. La amonestación otorgó un sentido unívoco a al movimiento de las falanges de Tais y encendió la mecha húmeda de una bomba con un brío un punto más bajo que el del ex jugador de Peñarol.

A la noche jugaron Boca Jrs. y Lanús. El partido tuvo un par de precedentes poco felices. Primero una declaración de un jugador de Lanús que afirmaba que a la Bombonera había que ir a jugar “con el cuchillo entre los dientes” (reeditando la celebérrima frase de Diego Simeone antes de un encuentro entre Uruguay y Argentina en el Centenario por las Eliminatorias). Después de algo así, oír que unas horas antes del partido hubo enfrentamientos entre las barras de un club y otro explica una vez más el peso de la palabra de un futbolista en determinadas circunstancias.
El partido fue duro. Terminó 2 a 2 y hubo sangre dentro del terreno de juego. Camoranesi, de Lanús, recibe un golpe sobre el parietal derecho y queda herido. La sangre, sin embargo, no chorrea. Se empeña, como en una herida superficial leve, a asomarse y a mostrarse viva, pero sin necesidad de correr. Es más un estigma que una causal de abandono del campo de juego. Cuando promedia el segundo tiempo, Camoranesi, que fue jugador de Montevideo Wanderers, es sustituido por el uruguayo Maximiliano Pereyra, ex volante de Nacional. Y entonces se produce un hecho entre folklórico y recargado de una simbología oscura. Camoranesi saluda a Pereyra con un beso en la mejilla y su mejilla derecha entra en contacto con la de su sustituto. Pereyra ingresa al campo de juego con una mancha sanguinolienta en su rostro. Camoranesi no está ya dentro del campo de juego, pero su sangre sí. Como un legado con algo de vampírico, se produce la transfusión entre ambos jugadores y Pereyra corre todas las pelotas y encarna el ideal de lo que debería ser todo cambio en el fútbol: no una corrección del espíritu o de la calidad, sino una reposición fría y calculada de energías que inevitablemente se agotan en virtud de la causa común. Esperé en vano, una vez más, que los comentaristas repararan en ese detalle, que apenas lo señalaran: una versión apta para la televisión de un pacto de sangre y hermandad en el barrio de La Boca, una milonga un tanto truculenta que no se deja de representar, aunque más no sea por símbolos esforzados que perviven como pueden en la transmisión de una señal deportiva internacional.

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Los Devoradores de Plástico… “Mosquitos”.

1-2-12

Los mosquitos esta noche son tantos y tan grandes que:
-podrían votar (como dijo Mark Twain de los mosquitos de Arkansas)
-gritan los goles de Peñarol contra Racing por el Torneo Preparación
-cruzan la calle solos
-se meten con tu hermana
-se indignan
-te usan el cepillo de dientes
-subrayan tus libros
-se fuman el espiral
-se deprimen
-tienen facebook
-te dicen “necesitamos tener una conversación”
-te hacen extrañar a tus vecinos
-bueno, no es para tanto

***

De tarde, escribiendo, corrigiendo, esperando que se descargue la tormenta. Pero la tormenta es en la casa de al lado. Una pelea familiar entre mujeres. Celos, traiciones, reivindicación del respeto por los mayores, mongólica, mongólica sos vos, mongólica… Cierro la puerta, pero sus gritos son a prueba de puertas de madera pintadas de marrón. No sé en qué termina la escena del otro lado del muro. Me coloco los auriculares. Los Rolling Stones cantan “Let it bleed”. Bueno, a seguir escribiendo.

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Johnny Cash… “Come in stranger”.

28-1-12

El oscuro y placentero reverso de dar asilo. Es el final de la tarde. Estoy leyendo sentado en el fondo de la casa. Contemplo el movimiento del follaje de los árboles. Más allá, cerca del ángulo que forma el fondo con la casa del vecino, los gatos se recuestan unos juntos a otros dándose un poco de calor. El viento sopla firme y a la sombra produce una sensación casi de tarde otoñal. Si los vecinos están vivos, no hay ningún indicio firme de que así sea. Vuelvo sobre las últimas páginas del libro de Hardwick y leo quizás con un ánimo que impida que la lectura me sustraiga del entorno. Pero a mis espaldas oigo algo como un rezongo. Me doy vuelta y observo a un gallo negro y desgarbado, casi sin alas, como escapado de una riña. En un primer momento, cuando percibe mi atención, el gallo se detiene en seco y aprovecha para estudiar de nuevo la situación, su propia situación. De donde sea que venga, el gallo se ha metido en una suerte de pasadizo que se formó hace unos años entre el tejido del fondo de mi terreno y los muros de las construcciones de las viviendas.
Es literalmente una tierra de nadie, aunque un vecino insiste en que forma parte de nuestra propiedad y mi padre, un poco más receloso, prefiere tener la oportunidad de observar un día el plano para dar una opinión algo más concluyente. Así y todo, el vecino de la derecha ha aprovechado para revestir de laterío una tercera parte del tramo y encerrar allí a algunos de sus perros. Pero hace tiempo que no veo a ninguno de sus perros. En el extremo opuesto, otro vecino ha descargado una cantidad importante de escombros y ha obligado a su hijastro a nivelarlo. A los días, el mismo chico apiló allí mismo, junto a la pared de la casa y en forma vertical, algunas decenas de tablas de quince, que desde entonces se secan y se hinchan al sol. Hace un año, cuando planté una enredadera al borde de mi tejido, preví este tipo de cosas. Hoy por hoy, cuando la planta ha tomado una buena parte de la alambrada, me enorgullezco de mi capacidad de visión; pero lo hago en secreto, es un sentimiento que no escapa de mi mente. Sé que en dos años más esa enredadera me permitirá poseer una intimidad mayor hacia esa parte de la casa.
Lo que hizo el gallo, al fin y al cabo, fue escabullirse por entre los rectángulos del tejido y pasar a mi terreno. Los gatos se despertaron uno a uno y levantaron sus orejas y observaron con mucha atención lo que hacía esa presencia oscura. Pero el gallo no estaba dispuesto a acercárseles. Dio unos pocos pasos más y se acurrucó entre un montón de leña que sobró del invierno pasado y unos cuantos cachivaches que no me decido aún a tirar. Un segundo después aparece por el pasadizo un hombre de unos cincuenta años. No lleva puesto nada más que un short como los de los futbolistas de los ochenta y unas chancletas. Tiene el pecho peludo y blanco. En la mano tiene apretado un caño de plastiducto negro de unas dos pulgadas. Detrás de él distingo a un pequeño caniche esquilado. El caniche husmea el terreno y pasa de inmediato hacia mi lado. El hombre no se ha dado cuenta de que estoy allí sentado, a un par de metros. El canil del vecino le ha cortado el paso y eso parece plantearle un desafío inesperado. Hasta que me ve. No sé de quién se trata, jamás lo vi en el barrio. Pero yo estoy preparado. Compongo mi mejor cara de culo y aguardo sus palabras.
-Flaco -dice -¿No viste pasar un gallo negro?
-¿Un gallo negro? No… ¿Por?
-¿Podés creer que me rompió todas las plantas hace un rato?
-Ajá…
-Si lo ves pegame el chiflido.
Entonces miro descaradamente hacia donde está el gallo. El animal está escondido entre un tronco y una lata de pintura, pero su cuello baja y sube como un periscopio. Me sorprende su capacidad para hacer silencio. El caniche, por su parte, no puede dar con el rastro, si es que es eso lo que le interesa; tal vez se ha distraído con el olor de las meadas de mi perro. Su dueño lo llama y pasa de nuevo a través del tejido.
-Yo le aviso, quédese tranquilo -respondo.
El hombre no agrega nada. Desaparece junto a su perro. El gallo sale de su escondite, cacarea por lo bajo y se pone a investigar el terreno sobre el que se mueve. Los gatos, sobre todo los más pequeños, han formado una especie de asamblea en la que esperan una comprensión mayor de los hechos. Yo sigo al gallo con la mirada y noto cómo pasa a través del tejido y desaparece en el camino por el que hace apenas un minuto se ha retirado su perseguidor.

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The Chirping Crickets… “You’ve got love”.

26-1-12

Por la tarde salgo de la panadería del barrio con un amigo y, en medio de una conversación de la que no me puedo desentender tan fácilmente, veo que delante de mí caminan dos niños por la vereda. Sobre todo, me fijo en la niña. Siete u ocho años. Un vestido blanco con detalles rosas. Y en la espalda, pegado con cinta adhesiva y escrito con mayúsculas y minúsculas sin criterio, un papel que dice: “Soy linda”. Creo que es la primera vez en la vida que veo ese tipo de broma pero con un mensaje optimista. Aparte de sentirme gratificado ante un gesto tanto anónimo como delicado, pienso también que los un par de publicistas se han encargado de que nuestra realidad se parezca al mundo de sus creaciones.
Llego a las páginas finales de “84 Charing Cross Road”, de Helene Hanff. No es un libro extenso, pero me cuesta terminarlo. Se suma a la lista de libros aclamados por público y crítica que me han parecido regulares, o no me han movido un pelo: “Desde el jardín”, “El túnel”, “La conjura de los necios”, “Nick Carter se divierte…”, “La hermandad de la uva”. Dificiles son, después, las conversaciones con amigos y familiares que sintieron y razonaron algo diverso.

50 años de EBO (I) on Flickr.(Foto: Carlos Contrera; Montevideo 26/5/11. 50º aniversario de Ediciones de la Banda Oriental)

50 años de EBO (I) on Flickr.

(Foto: Carlos Contrera; Montevideo 26/5/11. 50º aniversario de Ediciones de la Banda Oriental)