[Damián González Bertolino]
Punta del Este / Maldonado, Uruguay.

 

Martinuccio le teme a las tormentas eléctricas

Como si se tratara de la pérdida de una capacidad. O pensando que lo es, después de todo. Dejar de soñar, levantarme cada mañana, aprontarme para ir a las clases y percibir que, en ese instante en que la realidad y uno mismo se acomodan entre sí como si yo fuera un tercero por el que los otros discuten, hay algo que no está presente, y eso es la elaboración del sueño, un relato que me aproxime o me separe, según sea mi estado de ánimo, de los lugares por los que tendré que pasar o de las personas con las que deberé tratar.
Un par de amigos o algún familiar le restan importancia al problema. Quizás sea pasajero, me dicen. Y quizás sea así. Pero yo me pregunto qué es lo que se pierde en el medio…
Revisando entre mis pertenencias encuentro una serie de ocho cuadernos escritos entre 1999 y 2001 con cerca de quinientos sueños escritos. Era la época en que pasaba del liceo a estudiar Literatura, la época del abandono del fútbol y del golf, la de los primeros amores y la de mis primeros esfuerzos serios por escribir narrativa. Detallar todos aquellos sueños y otorgarles una forma narrativa me exigió de forma casi diaria tener que ser preciso en los escasos diálogos, saber describir un ambiente o una escena de forma clara y sugerente a la vez. Fue ademas la experiencia de un diario inverso, si se quiere. Las historias de tantas decenas y decenas de esos sueños están atravesadas por imágenes repulsivas y por situaciones graciosas y personas extranjeras en los bordes y el interior del campo de golf. Más o menos eso. Un cuaderno, el número 2, fechado entre el 16 de febrero y el 2 de mayo de 2000, se titula “And the people who hide themselves behind a wall of illusion”. Es una frase de George Harrison y al mismo tiempo un conjunto de palabras bastante acorde para quien se hallaba saliendo de la adolescencia. En las últimas cuatro páginas dedicadas al índice encuentro títulos de sueños como “El tablado del pianista estable”, “La lluvia de maíz”, “El exilio de los cinco perros de la Sra. Corujo”, “La rodilla maloliente”, “Lo que acechaba en la noche no era la langosta” o “El regreso de Einstoss”. Del lado interior de la contratapa, incluso, me doy de frente con un poema que Valentín Trujillo escribió directamente allí en tinta azul y que se quedó como marca de una edad de nuestra amistad. “Sí, pero el aburrimiento / llega como yegua recién parida”, dicen dos versos que están en la mitad. El poema aparece firmado el 23 de junio de 2000, lo que quiere decir que mañana cumple once años. Quizás ha pasado casi la misma cantidad de tiempo desde la última vez que lo leí.
Paso las páginas, entonces, sin releer ninguno de esos sueños por completo, ni siquiera los más breves. Salto de uno a otro abrumado por la tendencia episódica que encuentro. Siempre me preguntan si de verdad me acuerdo de todo lo que soñé o si de verdad soñé todo eso: son preguntas un poco molestas. Existe en los sueños de ese cuaderno y de todos los otros un impulso torrencial con el que yo me las tenía que ver cada mañana cuando debía escribirlos. Y de muchos de ellos saqué provecho para mis primeros cuentos, pero también me di cuenta de que la ficción no me convencía si se trataba de un traspaso en bruto de la lógica de los sueños a la de una ficción más “concertada”. Los sueños debían, por lo tanto, ingresar en la realidad y en la ficción y revelarlas. En eso he estado…
Ahora, cuando desde hace muchas semanas me despierto y las imágenes no acuden a mi mente, siento que una manera de la lectura del mundo está comprometida. Por eso, quizás como un método más saludable, vuelvo a anotar lo poco que obtengo del día en ese aspecto. Una mañana, le quité la funda de nylon a una de las tantas libretas que guardo en una caja sobre la biblioteca y anoté en la primera página: “Es una noche de tormenta eléctrica. Alguien llega corriendo. Es Alejandro Martinuccio. Intenta hablar, pero como ha llegado corriendo las palabras salen muy separadas una de otra. ‘Le tengo miedo a las tormentas eléctricas’, dice al final”. Lo que es evidente en este sueño, en este mínimo sueño, es que necesito que la Copa Libertadores se termine de una vez… Pero al día siguiente recupero, por decirlo de alguna forma, cierta sutileza: “Recibo en medio de la noche un mensaje de texto a mi celular. Cuando lo abro me encuentro con las siguientes palabras: ‘Soy el viento’”. Eso ya estaba bastante mejor, pienso, y me alegro un poco más cuando al otro día anoto lo que sigue: “Integro una banda de jazz. No sé cuántos integrantes tiene. De seguro un baterista, un pianista, un contrabajista y algún que otro viento. Yo toco el saxo tenor. Al comienzo marcha todo bien. Para mi sorpresa, nadie se entera de que yo no pertenezco a la banda y mis lentas improvisaciones encajan a la perfección con la manera de tocar que ellos tienen. Incluso, en el instante en que comienza “Moonlight becomes you” ataco mi parte emulando el fraseo de una versión de Chet Baker. Pero luego las cosas se complican: al siguiente tema tengo problemas indisimulables para entrar en el tiempo y para afinar. Por suerte el concierto se interrumpe por la llegada de unos tipos que saben karate y empiezan a golpear a todo el público. Resultado: todo el mundo sale corriendo y yo también.”

  1. eldialogrado ha publicado esto